calle52.com.ar... la calle que faltaba en la Ciudad de La Plata
REGISTRE su comercio GRATIS en la Guía !!      La Plata, Argentina
BIBLIOTECA ELECTRONICA calle52.com.ar
la calle que faltaba...
La Plata, Buenos Aires - Argentina
Buscar:
Coincidencia:
Buscar en:
Respuestas
INDICE de la Biblioteca Ventana ANTERIOR Ir a CALLE52

  • SOLICITA el texto que te interesa por CORREO electrónico a: biblioteca@calle52.com.ar. Te llegará como respuesta a tu dirección de correo SIN CARGO!
  • SUSCRIPCION gratuita: registrate y recibiras, por correo, el Indice cada vez que se modifique.
  • Bajo tierra

    Adriana Quiroga
    biblioteca@calle52.com.ar

    La oscuridad se apoderaba de aquel espacio reducido por donde su cuerpo se arrastraba lentamente. Detrás de él, a una distancia que doblaba su estatura sintió caer los primeros terrones que cubrieron parte del túnel.

    "Ya vendrá la luz"- pensó.

    Sus ropas se humedecían integradas a la tierra y sus manos eran brújulas táctiles que lo guiaban por el incierto camino. Como un reptil avanzaba el joven, impulsado por una curiosidad que lo invadía y le borraba el miedo. Por fin algo diferente, una curva pronunciada apareció en el túnel, y se emocionó pensando que algo descubriría. Comenzó a sentirse mareado por la escasez de oxígeno. Había perdido la noción del tiempo, pero supuso que la familia lo estaría esperando.

    "No puedo volver para atrás "- pensaba mientras se acercaba a un punto invisible.

    Martín era un adolescente ávido de rodear abismos, convencido que sólo la emoción perenne lo mantenía vivo. A pesar de sus escasos quince años, había atravesado por innumerables experiencias que sólo escucharlas producían un fluir de adrenalina en el interlocutor.

    Su cuerpo se dobló en ángulo recto y su intuición le anunciaba un trayecto lineal, pues circulaba una leve brisa aunque suficiente para darle más aliento. Mientras reptaba, se entusiasmaba pensando con qué se encontraría. Tal vez agua, una incipiente construcción o algún tesoro escondido hacía muchos años. Sus pestañas ya no protegían sus ojos, pues la llovizna de tierra le impedía por momentos tener la ilusión de ver; levantaba sus párpados más por instinto que por necesidad porque la negrura era absoluta. De repente sus pies quedaron tapados por una lluvia de humus, otro desprendimiento volvía a suceder, pero nada impedía su intenso deseo de continuar.

    Esa tarde había salido con su bicicleta a recorrer los rincones desconocidos de ese lugar apacible al cual solía ir con sus padres, en donde el otoño pintaba los caminos con todos los matices de los ocres dorados y los rojizos desteñidos por el sol. Le gustaba escuchar el sonido crujiente de las hojas secas debajo de las ruedas mientras pedaleaba y sentir la tibieza del sol sobre su piel. Decidió el descanso en una antigua casa atraído por una gigantesca santa Rita color naranja que ya casi había invadido todo el techo y caía en cascada cubriendo lo que algún día habría sido la galería. Vidrios rotos, telarañas añejas, suciedad por doquier, paredes deterioradas por el tiempo, y un profundo silencio le indicaban que se trataba de una vivienda deshabitada.

    Recordó que en un lugar similar, cuando tenía doce años, había encontrado a su amado perro recién nacido prendido de su madre con desesperación, y que sin dudarlo sus padres habían aceptado a esos dos nuevos huéspedes como integrantes de la familia, que con el tiempo se convirtieron en sus compañeros entrañables. Sintió alegría por el hallazgo de aquel momento y pena por no haberlos invitado a pasear con él.

    Corrió las largas ramas como si fueran una cortina y la ausencia de vidrios le permitió oler la humedad que provenía de los espacios vacíos de la casa. Su mano derecha intentó mover un picaporte interior y con sorpresa la puerta se abrió rechinando sus bisagras en aquella paz otoñal. Primero se detuvo a mirar lo que el ángulo de su visión alcanzaba a divisar: un lugar con las paredes tiznadas y un hueco que seguramente había ocupado la cocina, y hacia la derecha, separado por una pared, un espacio más amplio donde posiblemente la familia se reuniría para comer y conversar. Avanzó un poco más para poder ver lo que había hacia la izquierda y encontró una habitación con la mampostería caída que posiblemente habría sido uno de los dormitorios. Se animó a caminar la desolación sombría, sus zapatillas dejaban las huellas en los mosaicos tapizados con polvillo gris, y se preguntaba por qué ni siquiera un cartel de venta existía por ningún lugar. Atravesó un pasillo angosto que conducía a dos puertas pequeñas. Clavó su mirada en la que estaba entreabierta, y con un fuerte impulso su pie la terminó de abrir. Una escalera caracol descendía misteriosamente hacia un sótano. Observó desde arriba, aspiró un aire frío y percibió el olor intenso de la humedad concentrado a través del tiempo. No lo dudó, su espíritu inquieto llevó a sus pies a descender lentamente hacia el lugar umbrío, hasta que logró bajar el último escalón y pisar el piso de tierra. Varios trastos viejos, botellas cubiertas por polvo y algunos muebles arruinados que descansaban sobre la pared, habitaban ese lugar. Sus curiosas manos movieron los objetos de los lugares y azorado encontró el agujero que daba comienzo al túnel y en cuyo interior se encontraba ahora.

    Seguía avanzando por ese camino que intuía recto. Una insignificante luz se insinuaba a lo lejos, quien sabe a cuántos metros de su cuerpo, pero aún así, su cansancio encontró la motivación que necesitaba para no claudicar.

    "Tal vez sea una ilusión óptica" - pensó - pero a medida que las manos surcaban la tierra esa luz se hacía más real. Su corazón empezaba a latir como timbales desaforados, la sangre fluía acelerada por sus ríos y una fuerza interior movilizó sus extremidades hasta que un manotón ya no tocó la tierra sino que quedó colgando en una amplio espacio hacia arriba y hacia abajo. Arrastró el resto del cuerpo. La tenue luz le permitió ver que descendiendo alrededor de un metro ya podía quedar de pie y así lo hizo. Un clima nauseabundo lo envolvía. Limpió su rostro como pudo pero su visón era borrosa por la cantidad de tierra que había penetrado en sus ojos. Los cerró unos minutos para que lentamente los lagrimales se encargaran de limpiarlos. Al abrirlos, sintió su estómago entumecido, sus oídos ensordecidos por el retumbar feroz de sus latidos, sus manos temblando sin control, su lengua deshidratada, y los poros de su piel erizados e invadidos por una sensación de frío.

    Varios cadáveres apilados en estado de descomposición se ubicaban caóticamente en ese final del túnel. Rostros carcomidos por gusanos, jirones de carne humana colgaban y dejaban ver parte de los huesos. La penumbra y la desintegración de esos cuerpos no le permitían distinguir la edad ni el sexo y con desesperación miró hacia arriba desde donde provenían los hilos de luz que se filtraban a través de maderas superpuestas, las que intentó correr sin poder lograrlo. Su malestar se agudizaba, ya no podía destinar más tiempo para estar allí, y con el mismo ímpetu que lo llevó a ese lugar decidió arrastrar su cuerpo nuevamente para volver al sitio de partida. Una sensación de pánico lo atravesaba, gritaba con desespero los nombres de sus padres y de sus perros imaginando así no estar sólo. Recordó alarmado los desprendimientos de tierra producidos a la ida y temió que esos tramos fueran impenetrables. Se convirtió, entonces, en un nadador con ansias de llegar primero a la meta en un río denso. Al fin pudo llegar a la curva y sabía que poco le faltaba, aunque aún quedaba otro posible obstáculo. Las lombrices entrelazadas en las manos ya no lo impresionaban, pues todo resultaba intrascendente después de lo que había presenciado.

    Sin darse cuenta cómo se encontró parado frente a la escalera caracol, la subió en tres saltos, y corrió por los ambientes desolados hasta salir en busca de su bicicleta. Parecía un trabajador saliendo de una mina de carbón. Apenas le quedaban fuerzas para pedalear, se caía como un niño aprendiendo a andar y no lograba avanzar. Era la misma sensación que se tiene en los sueños cuando hay apuro para llegar a algún lugar.

    "Tengo que serenarme" - pensó - entonces caminó tomado del manubrio, ya que no lograba el equilibrio suficiente. Después de dos cuadras se subió y logró dominar su bicicleta mientras pedaleaba con ansiedad. Levantó la vista y vio la bandera argentina flameando sostenida por un mástil que nacía desde una pared y un escudo oval sobre una gran puerta abierta. Intentó leer lo que allí decía para lo cual debió detenerse, pues la angustia hacía que las letras se movieran. Sin saberlo estaba frente a la comisaría del lugar, y pensó que debía denunciar su macabro hallazgo. Con la voz entrecortada relató el sorprendente descubrimiento en aquel pozo ciego de la casa deshabitada.

    Un año más tarde, la televisión mostraba la imagen de un grupo de personas concentradas en una plaza de Buenos Aires, en donde el rostro de Martín, entre otros, estaba estampado en un cartel enarbolado por su madre, y ocupando el primer plano de la pantalla, mientras la voz de un viejo periodista comentaba lo sucedido en el día, y repetía a viva voz: " ...en la Argentina no hay campos de concentración clandestina. Los argentinos somos derechos y humanos".


    VOLVER a la Biblioteca electrónica de calle52.com.ar

    Hecho el depósito que marca la ley © Calle52.com.ar
    Se autoriza la reproducción del texto haciendo expresa referenica al autor y a esta edición digital para uso PERSONAL. Se prohibe toda reproducción comercial o promocional, inclusive las gratuitas.


    Atención DIRECTA de los operadores de calle52.com.ar

    Para chatear con el Operador haga clic ACA o en el enlace del cuadro de abajo:

    Para enviar un mensaje al Operador haga clic ACA


    calle52.com.ar es una Marca Registrada
    Calle 10 Nș 979 1/2 PB 1900 - Ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires
    República Argentina - Teléfono 54 (221) 483-4066 calle52@calle52.com.ar