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Devolverle la vida
Era una reunión secreta; en torno a una pequeña mesa antigua se ubicaban los entusiastas de siempre. Solo las paredes envejecidas, con algunos ladrillos al descubierto en un cuarto angosto, eran testigo de la imaginación de aquellos niños que volaba formando un torbellino de voces que se mezclaban ansiosamente. Sin haber llegado aún al objetivo, decidieron tomarse un descanso al aire libre, pues llevaban horas de tertulia. Como era habitual, se bebía té durante el día y a la noche. Mariana preparó la infusión, extendió el mantel sobre la hierba y ubicó los utensilios para que todos pudieran saborearla.
- Nuestras ideas se ordenarán mientras bebamos – les decía a sus compinches.
Fredy encontró unas masas dulces y las sirvió en medio de aquel improvisado picnic.
Sin proponérselo, todos miraron la extensión de campo que lindaba con la casa. Un pájaro negro, chillón y con pico corvo, lo sobrevolaba protestando porque ni un solo grano quedaba ya para satisfacer su hambre. Una bandada feroz en pocos días, había devastado la siembra que durante meses Don Artemio esperó como consuelo a sus enormes pérdidas ocasionadas por las inclemencias de la naturaleza y de la vida.
Aquel pájaro enfadado era un cuervo, que buscando saciar su instinto aleteaba inquieto hacia la ceremonia del té; tironeaba el pelo de las niñas y hundía agresivamente el pico en las tazas.
- ¡Vete de acá bicho malo! – gritaban los niños sacudiendo los brazos para espantarlo.
Fredy era el único que, apiadándose del bicharraco, intentó tomarlo de las alas, pero no pudo; sus movimientos veloces desordenaron la apacible merienda. Desplegaba una energía capaz de destruir.
Los niños sintieron en su piel, la congoja y la impotencia de aquel hombre avanzado en años por no haber podido evitar las contrariedades de la naturaleza.
Don Artemio había llegado hacía muchos años a ese lugar, en donde se fue formando en las arduas tareas del campo. Sembraba y cosechaba todo cuanto la fertilidad del suelo permitía; sus manos encallecidas y abnegadas eran un reflejo de su integración con la tierra.
Siempre decía: "ver crecer los maizales, los trigales, las alfalfas, es sentir la paternidad que nunca me llegó".
Su mujer había contraído una enfermedad irreversible, pero con el corazón joven, su cuerpo se fue consumiendo en un largo período. Se abocó a ella más que a su propia vida, con un amor que jamás palideció.
Con sus historias fantásticas atraía a los niños de los campos linderos, quienes lo visitaban por las tardes para escucharlo, evitando las noches porque muchas veces quedaban sugestionados con aquellos relatos y la oscuridad los predisponía al miedo. La ternura y la risa también estaban presentes en sus cuentos por eso Don Artemio siempre tenía público para desplegar su imaginación.
En los últimos años y ya desaparecida su compañera, la vida no le jugaba a favor. Perdía cosechas por la sequía, por la excesiva humedad o por los pájaros depredadores.
Los padres de esos niños colaboraban entre sí para defender sus cultivos pero no se solidarizaban con Don Artemio a pesar de ser un hombre entrado en años. Ellos no se ocupaban de él, y el viejo campesino era demasiado orgulloso para pedir ayuda; sólo, con sus manos, se enfrentaba a las adversidades.
Cuando aquel cuervo voló desahuciado, los niños continuaron la reunión con ideas más claras de lo que harían para festejarle el cumpleaños a Don Artemio. Todos acordaron con la sorpresa y al otro día sus manos ya estaban trabajando. Juntaron todo lo que pudieron en sus casas. Aquel cuarto se transformó en un baúl gigante repleto de variados elementos exóticos y multicolores que fueron utilizados para crear sus obras de arte.
Después de ser arrasada la siembra, ya no se lo veía al anciano por el campo y cuando los niños iban ávidos de historias y leyendas, regresaban con desilusión y con tristeza por ver a este hombre tan entregado al destino. Dormía casi todo el día y comía cuando se acordaba.
Por fin llegó el día de su cumpleaños, que seguramente no recordaba, porque el calendario ya no existía para él.
El universo se había congraciado con los niños regalándoles una brillante luna llena y un cúmulo plateado de estrellas para que pudieran trabajar durante la noche. El sueño no se acordó de ellos porque sólo tenían un horizonte: devolverle la vida al creador de historias.
Empezó a crecer el alba, los rayos del sol se filtraban por finas nubes engamadas en los amarillentos rojizos; una brisa tibia circulaba por el campo y los niños algo alborotados por los alrededores de la casa del agasajado, esperaban con emoción los primeros indicios de que Don Artemio se despertara..
Cumpliendo con su compromiso de dar vida, el sol se había transformado en una luz incandescente, cuando de pronto se escucharon los lentos pasos de aquel hombre al levantarse. Los niños abrieron la puerta de su sencillo hogar mientras cantaban la canción de los cumpleaños y reían con algarabía. El hombre los miró desorientado hasta que recordó la fecha, entonces cobró más ánimo. Lo abrazaron y lo condujeron hacia la diáfana mañana campestre. Divisó sus tierras bajo la luz del sol y pudo ver diez esbeltos espantapájaros distribuidos por los surcos para vigilar los desórdenes de la naturaleza. Con sus ojos humedecidos y sus labios temblorosos no podía siquiera decir "gracias" .
No alcanzaban sus brazos para cobijar a todos los niños que se le colgaban de su cuerpo.
- Mañana sembraremos trigo – dijo cuando pudo recobrar la voz- y los frutos serán para ustedes.
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