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  • El viaje

    Adriana Quiroga
    biblioteca@calle52.com.ar

    Aquellos dos hombres despedían el aroma del aceite tibio de sésamo que se deslizaba sobre sus rostros, cubriéndolos con una espesa máscara que esquivaba los ojos y la boca tapados con hojas de copra.

    Ya había comenzado la milenaria cura Ayurveda, cuando la noche avanzaba cálida y silenciosa en un rincón de la India, donde el universo había creado un microclima especial para recuperar en los enfermos la energía perdida que les permitiera sanar sus dolencias.

    Las diestras manos del sabio Chandra, impregnadas de aquella esencia oleosa, dibujaban infinitos círculos que se extendían cada vez más alrededor de las sienes, mientras la sustancia se filtraba en ellas por la porosidad de la piel, apaciguando las angustias, armonizando los procesos corporales desbalanceados por los abatares de la vida, y reavivando todos los sentidos. El Shirodara, era un masaje reparador que ofrecía consuelo, paz, protección, inmunizando aquellas almas que habían llegado desahuciadas al lugar, pero quizás con un hilo de esperanza para recuperar sus vidas.

    El joven, de apenas veintitrés años había llegado sin aliento acompañado por una mujer, quien logró conducirlo hasta allí con la firme decisión de una madre. Luego, él sólo llegó hasta la puerta en donde lo esperaba Chandra.

    Cuando el prana comenzaba a fluir por las entrañas de esos seres, las mentes se movilizaban hacia otras dimensiones.

    "Conduce tu propio viaje" –les decía el maestro a cada uno –" y si lo deseas puedes relatarlo".

    Aquel muchacho, casi entregado a la cura, balbuceaba esforzadamente:

    "Estoy sólo en una precaria embarcación navegando los brazos del río Krishna; el cielo amenaza con acelerar la noche cerrando rápidamente los pocos espacios que quedan de luz, pronto no veré el camino, ni podré detenerme en sus orillas porque las nubes de insectos devorarán mi cuerpo. Clavo el único remo en la quietud del agua que seguramente el viento más tarde removerá y será más dificultoso avanzar. Mis brazos agotados y mis ojos pesados derrumban mi cuerpo. El bote queda a la deriva..."

    Los labios del muchacho detuvieron sus movimientos, sólo la respiración producía un levantamiento en el abdomen.

    Chandra lo observaba en ese estado, cuando de pronto fue atraído por la voz sonora del otro hombre sometido a la sanación:

    "Llevo días escalando el Himalaya, quiero ver el mundo desde su altura..."- relataba con entusiasmo el anciano de ciento dos años, gastado por el inexorable paso del tiempo y con las funciones de sus órganos aletargadas- "...con mi equipo de escalar, trepo durante horas sus laderas rocosas y resbaladizas"...- continuaba -"...la adrenalina del vértigo me hace más fuerte. La nieve se torna cada vez más espesa y se retrasan mis pasos, pero nada me detiene porque ya veo la cima. Al aproximarme a ella el frío se transforma en fuego y como una energía fugaz se desparrama por mis víscera... Llegué!! y con mis ojos húmedos me siento como una parte vital del universo"...

    Sus párpados se movieron y la expresión gestual dio signos del resurgir de la energía.

    Irrumpen esa paz los balbuceos del joven, y sorprendidos el anciano y Chandra, dirigen su atención hacia ellos:

    "Está allí, a mis pies, la veo, me contempla, quiero ir hacia ella, pero se aleja cada vez más... es la muerte!".

    El joven se pone de pie bruscamente, su cara queda al descubierto, y con ella su angustia; el aceite baña sus ropas. Busca la salida y corre sin rumbo.

    Chandra y el anciano se miran decididos a ir tras el apuro de sus pasos, los que no pudieron seguir pues aquel cuerpo había sido absorbido por la oscuridad.


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