calle52.com.ar... la calle que faltaba en la Ciudad de La Plata
REGISTRE su comercio GRATIS en la Guía !!      La Plata, Argentina
BIBLIOTECA ELECTRONICA calle52.com.ar
la calle que faltaba...
La Plata, Buenos Aires - Argentina
Buscar:
Coincidencia:
Buscar en:
Respuestas
INDICE de la Biblioteca Ventana ANTERIOR Ir a CALLE52

  • SOLICITA el texto que te interesa por CORREO electrónico a: biblioteca@calle52.com.ar. Te llegará como respuesta a tu dirección de correo SIN CARGO!
  • SUSCRIPCION gratuita: registrate y recibiras, por correo, el Indice cada vez que se modifique.
  • El gaucho Martín Fierro


    José Hernández (1834-1886)
    biblioteca@calle52.com.ar

    El gaucho Martín Fierro (1872)

    Indice

    I. El gaucho Martín Fierro

    Prólogo
    Cantos: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII















    I. EL GAUCHO MARTÍN FIERRO

    Carta del Autor a don José Zoilo Miguens

    Querido amigo:
    Al fin me he decidido a que mi pobre "MARTÍN FIERRO", que me ha ayudado algunos momentos a alejar al fastidio de la vida del hotel, salga a conocer el mundo, y allá va acogido al amparo de su nombre.
    No le niegue su protección, Ud. que conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país. Es un pobre gaucho, con todas las imperfecciones de forma que el arte tiene todavía entre ellos, y con toda la falta de enlace en sus ideas, en las que no existe siempre una sucesión lógica, descubriéndose frecuentemente entre ellas apenas una relación oculta y remota. Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse, que les es peculiar, dotándolo con todos los juegos de su imaginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez, inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y arrebatos, hijos de una naturaleza que la educación no ha pulido y suavizado.
    Cuantos conozcan con propiedad el original podrán juzgar si hay o no semejanza en la copia.
    Quizá la empresa habría sido para mí más fácil, y de mejor éxito, si sólo me hubiera propuesto hacer reír a costa de su ignorancia, como se halla autorizado por el uso en este género de composiciones; pero mi objeto ha sido dibujar a grandes rasgos, aunque fielmente, sus costumbres, sus trabajos, sus hábitos de vida, su índole, sus vicios y sus virtudes; ese conjunto que constituye el cuadro de su fisonomía moral, y los accidentes de su existencia llena de peligros, de inquietudes, de inseguridad, de aventuras y de agitaciones constantes.
    Y he deseado todo esto, empeñándome en imitar ese estilo abundante en metáforas, que el gaucho usa sin conocer y sin valorar, y su empleo constante de comparaciones tan extrañas como frecuentes; en copiar sus reflexiones con el sello de la originalidad que las distingue y el tinte sombrío de que jamás carecen, revelándose en ellas esa especie de filosofía propia que, sin estudiar, aprende en la misma naturaleza, en respetar la superstición y sus preocupaciones, nacidas y fomentadas por su misma ignorancia; en dibujar el orden de sus impresiones y de sus afectos, que él encubre y disimula estudiosamente, sus desencantos, producidos por su misma condición social, y esa indolencia que le es habitual, hasta llegar a constituir una de las condiciones de su espíritu; en retratar, en fin, lo más fielmente que me fuera posible, con todas sus especialidades propias, ese tipo original de nuestras pampas, tan poco conocido por lo mismo que es difícil estudiarlo, tan erróneamente juzgado muchas veces, y que, al paso que avanzan las conquistas de la civilización, va perdiéndose casi por completo.
    Sin duda que todo esto ha sido demasiado desear para tan pocas páginas, pero no se me puede hacer un cargo por el deseo sino por no haberlo conseguido.
    Una palabra más, destinada a disculpar sus defectos. Páselos Ud. por alto, porque quizá no lo sean todos los que, a primera vista, puedan parecerlo, pues no pocos se encuentran allí como copia o imitación de los que lo son realmente. Por lo demás, espero, mi amigo, que Ud. lo juzgará con benignidad, siquiera sea porque MARTÍN FIERRO no va de la ciudad a referir a sus compañeros lo que ha visto y admirado en un 25 de Mayo u otra función semejante, referencias algunas de las cuales, como en Fausto y varias otras, son de mucho mérito ciertamente, sino que cuenta sus trabajos, sus desgracias, los azares de su vida de gaucho, y Ud. no desconoce que el asunto es más difícil de lo que muchos se lo imaginarán.
    Y con lo dicho basta para preámbulo, pues ni MARTÍN FIERRO exige más, ni Ud. gusta mucho de ellos, ni son de la predilección del público, ni se avienen con el carácter de
    Su verdadero amigo
    JOSÉ HERNÁNDEZ
    Buenos Aires, diciembre de 1872



    Siguiente











    El gaucho Martín Fierro

    I

    Aquí me pongo a cantar
    al compás de la vigüela,
    que el hombre que lo desvela
    una pena estrordinaria
    como la ave solitaria
    con el cantar se consuela.

    Pido a los santos del cielo
    que ayuden mi pensamiento:
    les pido en este momento
    que voy a cantar mi historia
    me refresquen la memoria
    y aclaren mi entendimiento.

    Vengan santos milagrosos,
    vengan todos en mi ayuda,
    que la lengua se me añuda
    y se me turba la vista;
    pido a mi Dios que me asista
    en una ocasión tan ruda.

    Yo he visto muchos cantores,
    con famas bien otenidas,
    y que después de alquiridas
    no las quieren sustentar.
    Parece que sin largar
    se cansaron en partidas.

    Mas ande otro criollo pasa
    Martín Fierro ha de pasar;
    nada lo hace recular
    ni las fantasmas lo espantan,
    y dende que todos cantan
    yo también quiero cantar.

    Cantando me he de morir,
    cantando me han de enterrar,
    y cantando he de llegar
    al pie del Eterno Padre:
    dende el vientre de mi madre
    vine a este mundo a cantar.

    Que no se trabe mi lengua
    ni me falte la palabra;
    el cantar mi gloria labra
    y, poniéndome a cantar,
    cantando me han de encontrar
    aunque la tierra se abra.

    Me siento en el plan de un bajo
    a cantar un argumento;
    como si soplara el viento
    hago tiritar los pastos.
    Con oros, copas y bastos
    juega allí mi pensamiento.

    Yo no soy cantor letrao,
    mas si me pongo a cantar
    no tengo cuándo acabar
    y me envejezco cantando:
    las coplas me van brotando
    como agua de manantial.

    Con la guitarra en la mano
    ni las moscas se me arriman;
    naides me pone el pie encima,
    y, cuando el pecho se entona,
    hago gemir a la prima
    y llorar a la bordona.

    Yo soy toro en mi rodeo
    y torazo en rodeo ajeno;
    siempre me tuve por güeno
    y si me quieren probar,
    salgan otros a cantar
    y veremos quién es menos.

    No me hago al lao de la güeya
    aunque vengan degollando;
    con los blandos yo soy blando
    y soy duro con los duros,
    y ninguno en un apuro
    me ha visto andar tutubiando.

    En el peligro, ¡qué Cristo!
    el corazón se me enancha,
    pues toda la tierra es cancha,
    y de eso naides se asombre:
    el que se tiene por hombre
    donde quiera hace pata ancha.

    Soy gaucho, y entiéndanló
    como mi lengua lo esplica:
    para mí la tierra es chica
    y pudiera ser mayor;
    ni la víbora me pica
    ni quema mi frente el sol.

    Nací como nace el peje
    en el fondo de la mar;
    naides me puede quitar
    aquello que Dios me dio:
    lo que al mundo truje yo
    del mundo lo he de llevar.

    Mi gloria es vivir tan libre
    como el pájaro del cielo;
    no hago nido en este suelo
    ande hay tanto que sufrir,
    y naides me ha de seguir
    cuando yo remuento el vuelo.

    Yo no tengo en el amor
    quien me venga con querellas,
    como esas aves tan bellas
    que saltan de rama en rama,
    yo hago en el trébol mi cama,
    y me cubren las estrellas.

    Y sepan cuantos escuchan
    de mis penas el relato,
    que nunca peleo ni mato
    sino por necesidá,
    y que a tanta alversidá
    sólo me arrojó el mal trato.

    Y atiendan la relación
    que hace un gaucho perseguido,
    que padre y marido ha sido
    empeñoso y diligente,
    y sin embargo la gente
    lo tiene por un bandido.













    II

    Ninguno me hable de penas,
    porque yo penando vivo,
    y naides se muestre altivo
    aunque en el estribo esté,
    que suele quedarse a pie
    el gaucho más alvertido.

    Junta esperencia en la vida
    hasta pa dar y prestar
    quien la tiene que pasar
    entre sufrimiento y llanto;
    porque nada enseña tanto
    como el sufrir y el llorar.

    Viene el hombre ciego al mundo,
    cuartiándoló la esperanza,
    y a poco andar ya lo alcanzan
    las desgracias a empujones;
    ¡la pucha, que trae liciones
    el tiempo con sus mudanzas!

    Yo he conocido esta tierra
    en que el paisano vivía
    y su ranchito tenía
    y sus hijos y mujer...
    Era una delicia el ver
    como pasaba sus días.

    Entonces... cuando el lucero
    brillaba en el cielo santo,
    y los gallos con su canto
    nos decían que el día llegaba,
    a la cocina rumbiaba
    el gaucho... que era un encanto.

    Y sentao junto al jogón
    a esperar que venga el día,
    al cimarrón le prendía
    hasta ponerse rechoncho,
    mientras su china dormía
    tapadita con su poncho.

    Y apenas la madrugada
    empezaba a coloriar,
    los pájaros a cantar
    y las gallinas a apiarse,
    era cosa de largarse
    cada cual a trabajar.

    Este se ata las espuelas,
    se sale el otro cantando,
    uno busca un pellón blando,
    éste un lazo, otro un rebenque,
    y los pingos relinchando
    los llaman dende el palenque.

    El que era pion domador
    enderezaba al corral,
    ande estaba el animal
    bufidos que se las pela...
    y más malo que su agüela,
    se hacía astillas el bagual.

    Y allí el gaucho inteligente,
    en cuanto el potro enriendó,
    los cueros le acomodó
    y se le sentó en seguida,
    que el hombre muestra en la vida
    la astucia que Dios le dio.

    Y en las playas corcoviando
    pedazos se hacía el sotreta
    mientras él por las paletas
    le jugaba las lloronas
    y al ruido de las caronas
    salía haciéndosé gambetas.

    ¡Ah tiempos!... ¡Si era un orgullo
    ver jinetear un paisano!
    cuando era gaucho baquiano,
    aunque el potro se boliase,
    no había uno que no parese
    con el cabresto en la mano.

    Y mientras domaban unos,
    otros al campo salían,
    y la hacienda recogían,
    las manadas repuntaban,
    y ansí sin sentir pasaban
    entretenidos el día.

    Y verlos al cair la noche
    en la cocina riunidos,
    con el juego bien prendido
    y mil cosas que contar,
    platicar muy divertidos
    hasta después de cenar.

    Y con el buche bien lleno
    era cosa superior
    irse en brazos del amor
    a dormir como la gente,
    pa empezar al día siguiente
    las fainas del día anterior.

    Ricuerdo... ¡qué maravilla!
    cómo andaba la gauchada
    siempre alegre y bien montada
    y dispuesta pa el trabajo;
    pero hoy en día... ¡barajo!
    no se la ve de aporriada.

    El gaucho más infeliz
    tenía tropilla de un pelo,
    no le faltaba un consuelo
    y andaba la gente lista...
    Tendiendo al campo la vista
    sólo vía hacienda y cielo.

    Cuando llegaban las yerras,
    ¡cosa que daba calor
    tanto gaucho pialador
    y tironiador sin yel!
    ¡Ah tiempo... pero si en él
    se ha visto tanto primor!

    Aquello no era trabajo,
    más bien era una junción,
    y después de un güen tirón
    en que uno se daba maña,
    pa darle un trago de caña
    solía llamarlo el patrón.

    Pues siempre la mamajuana
    vivía bajo la carreta,
    y aquel que no era chancleta
    en cuanto el goyete vía,
    sin miedo se le prendía
    como güérfano a la teta.

    ¡Y qué jugadas se armaban
    cuando estábamos riunidos!
    Siempre íbamos prevenidos,
    pues en tales ocasiones
    a ayudarles a los piones
    caiban muchos comedidos.

    Eran los días del apuro
    y alboroto pa el hembraje,
    pa preparar los potajes
    y osequiar bien a la gente,
    y ansí, pues, muy grandemente
    pasaba siempre el gauchaje.

    Venía la carne con cuero,
    la sabrosa carbonada,
    mazamorra bien pisada,
    los pasteles y el güen vino...
    pero ha querido el destino
    que todo aquello acabara.

    Estaba el gaucho en su pago
    con toda seguridá,
    pero aura... ¡barbaridá!,
    la cosa anda tan fruncida,
    que gasta el pobre la vida
    en juir de la autoridá.

    Pues si usté pisa en su rancho
    y si el alcalde lo sabe,
    lo caza lo mesmo que ave
    aunque su mujer aborte...
    ¡No hay tiempo que no se acabe
    ni tiento que no se corte!

    Y al punto dése por muerto
    si el alcalde lo bolea,
    pues áhi nomás se le apea
    con una felpa de palos.
    Y después dicen que es malo
    el gaucho si los pelea.

    Y el lomo le hinchan a golpes,
    y le rompen la cabeza,
    y luego con ligereza,
    ansí lastimao y todo,
    lo amarran codo a codo
    y pa el cepo lo enderiezan.

    Áhi comienzan sus desgracias,
    áhi principia el pericón,
    porque ya no hay salvación,
    y que usté quiera o no quiera,
    lo mandan a la frontera
    o lo echan a un batallón.

    Ansí empezaron mis males
    lo mesmo que los de tantos;
    si gustan... en otros cantos
    les diré lo que he sufrido.
    Después que uno está perdido
    no lo salvan ni los santos.













    III

    Tuve en mi pago en un tiempo
    hijos, hacienda y mujer,
    pero empecé a padecer,
    me echaron a la frontera
    ¡y qué iba a hallar al volver!
    tan sólo hallé la tapera.

    Sosegao vivía en mi rancho
    como el pájaro en su nido;
    allí mis hijos queridos
    iban creciendo a mi lao...
    sólo queda al desgraciao
    lamentar el bien perdido.

    Mi gala en las pulperías
    era, cuando había más gente,
    ponerme medio caliente,
    pues cuando puntiao me encuentro
    me salen coplas de adentro
    como agua de la virtiente.

    Cantando estaba una vez
    en una gran diversión;
    y aprovechó la ocasión
    como quiso el juez de paz.
    Se presentó, y áhi nomás
    hizo una arriada en montón.

    Juyeron los más matreros
    y lograron escapar.
    Yo no quise disparar,
    soy manso y no había por qué,
    muy tranquilo me quedé
    y ansí me dejé agarrar.

    Allí un gringo con un órgano
    y una mona que bailaba,
    haciéndonós rair estaba
    cuanto le tocó el arreo.
    ¡Tan grande el gringo y tan feo
    lo viera cómo lloraba!

    Hasta un inglés sanjiador
    que decía en la última guerra
    que él era de Inca-la-perra
    y que no quería servir,
    también tuvo que juir
    a guarecerse en la sierra.

    Ni los mirones salvaron
    de esa arriada de mi flor;
    fue acoyarao el cantor
    con el gringo de la mona,
    a uno solo, por favor,
    logró salvar la patrona.

    Formaron un contingente
    con los que en el baile arriaron;
    con otros nos mesturaron,
    que habían agarrao también:
    las cosas que aquí se ven
    ni los diablos las pensaron.

    A mí el Juez me tomó entre ojos
    en la ultima votación:
    me le había hecho el remolón
    y no me arrimé ese día,
    y él dijo que yo servía
    a los de la esposición.

    Y ansí sufrí ese castigo
    tal vez por culpas ajenas;
    que sean malas o sean güenas
    las listas, siempre me escondo:
    yo soy un gaucho redondo
    y esas cosas no me enllenan.

    Al mandarnos nos hicieron
    más promesas que a un altar,
    El Juez nos jue a proclamar
    y nos dijo muchas veces:
    "Muchachos, a los seis meses
    los van a ir a revelar."

    Yo llevé un moro de número,
    ¡sobresaliente el matucho!
    con él gané en Ayacucho
    más plata que agua bendita:
    siempre el gaucho necesita
    un pingo pa fiarle un pucho.

    Y cargué sin dar mas güeltas
    con las prendas que tenía:
    jergas, ponchos, cuanto había
    en casa, tuito lo alcé:
    a mi china la dejé
    medio desnuda ese día.

    No me faltaba una guasca;
    esa ocasión eché el resto:
    bozal, maniador, cabresto,
    lazo, bolas y manea...
    ¡el que hoy tan pobre me vea
    tal vez no creerá todo esto!

    Ansí en mi moro, escarciando,
    enderecé a la frontera.
    ¡Aparcero, si usté viera
    lo que se llama cantón...!
    Ni envidia tengo al ratón
    en aquella ratonera.

    De los pobres que allí había
    a ninguno lo largaron;
    los más viejos rezongaron,
    pero a uno que se quejó
    en seguida lo estaquiaron,
    y la cosa se acabó.

    En la lista de la tarde
    el jefe nos cantó el punto,
    diciendo: "Quinientos juntos
    llevará el que se resierte;
    lo haremos pitar del juerte;
    mas bien dése por dijunto."

    A naides le dieron armas,
    pues toditas las que había
    el coronel las tenía,
    según dijo esa ocasión,
    pa repartirlas el día
    en que hubiera una invasión.

    Al principio nos dejaron
    de haraganes criando sebo,
    pero después... no me atrevo
    a decir lo que pasaba.
    ¡Barajo!... si nos trataban
    como se trata a malevos.

    Porque todo era jugarle
    por los lomos con la espada,
    y, aunque usté no hiciera nada,
    lo mesmito que en Palermo,
    le daban cada cepiada
    que lo dejaban enfermo.

    ¡Y qué indios, ni qué servicio,
    si allí no había ni cuartel!
    Nos mandaba el coronel
    a trabajar en sus chacras,
    y dejábamos las vacas
    que las llevara el infiel.

    Yo primero sembré trigo
    y después hice un corral,
    corté adobe pa un tapial,
    hice un quincho, corté paja...
    ¡La pucha, que se trabaja
    sin que le larguen un rial!

    Y es lo pior de aquel enriedo
    que si uno anda hinchando el lomo
    ya se le apean como plomo...
    ¡Quién aguanta aquel infierno!
    Y eso es servir al gobierno,
    a mí no me gusta el cómo.

    Más de un año nos tuvieron
    en esos trabajos duros,
    y los indios, le asiguro,
    dentraban cuando querían:
    como no los perseguían
    siempre andaban sin apuro.

    A veces decía al volver
    del campo la descubierta
    que estuviéramos alerta,
    que andaba adentro la indiada;
    porque había una rastrillada
    o estaba una yegua muerta.

    Recién entonces salía
    la orden de hacer la riunión,
    y cáibamos al cantón
    en pelos y hasta enancaos,
    sin armas, cuatro pelaos
    que íbamos a hacer jabón.

    Ahi empezaba el afán,
    se entiende, de puro vicio,
    de enseñarle el ejercicio
    a tanto gaucho recluta,
    con un estrutor... ¡qué... bruta!
    que nunca sabía su oficio.

    Daban entonces las armas
    pa defender los cantones,
    que eran lanzas y latones
    con ataduras de tiento...
    Las de juego no las cuento,
    porque no había municiones.

    Y chamuscao un sargento
    me contó que las tenían,
    pero que ellos las vendían
    para cazar avestruces;
    y ansí andaban noche y día
    déle bala a los ñanduces.

    Y cuando se iban los indios
    con los que habían manotiao,
    salíamos muy apuraos
    a perseguirlos de atrás;
    si no se llevaban más
    es porque no habían hallao.

    Allí sí se ven desgracias
    y lágrimas y afliciones,
    naides le pida perdones
    al indio, pues donde dentra
    roba y mata cuanto encuentra
    y quema las poblaciones.

    No salvan de su juror
    ni los pobres angelitos:
    viejos, mozos y chiquitos
    los mata del mesmo modo;
    que el indio lo arregla todo
    con la lanza y con gritos.

    Tiemblan las carnes al verlo
    volando al viento la cerda,
    la rienda en la mano izquierda
    y la lanza en la derecha;
    ande enderieza abre brecha
    pues no hay lanzazo que pierda.

    Hace trotiadas tremendas
    dende el fondo del desierto;
    ansí llega medio muerto
    de hambre, de sé y de fatiga;
    pero el indio es una hormiga
    que día y noche esta despierto.

    Sabe manejar las bolas
    como naides las maneja,
    cuanto el contrario se aleja
    manda una bola perdida,
    y si lo alcanza, sin vida
    es siguro que lo deja.

    Y el indio es como tortuga
    de duro para espichar;
    si lo llega a destripar
    ni siquiera se le encoge:
    luego sus tripas recoge
    y se agacha a disparar.

    Hacían el robo a su gusto
    y después se iban de arriba,
    se llevaban las cautivas
    y nos contaban que a veces
    les descarnaban los pieses
    a las pobrecitas, vivas.

    ¡Ah, si partía el corazón
    ver tantos males, canejo!
    Los perseguíamos de lejos
    sin poder ni galopiar.
    ¡Y qué habíamos de alcanzar
    en unos bichocos viejos!

    Nos volvíamos al cantón
    a las dos o tres jornadas
    sembrando las caballadas;
    y pa que alguno la venda,
    rejuntábamos la hacienda
    que habían dejao resagada.

    Una vez entre otras muchas,
    tanto salir al botón,
    nos pegaron un malón
    los indios y una lanciada,
    que la gente acobardada
    quedó dende esa ocasión.

    Habían estao escondidos
    aguaitando atrás de un cerro.
    ¡Lo viera a su amigo Fierro
    aflojar como un blandito!
    Salieron como máiz frito
    en cuanto sonó un cencerro.

    Al punto nos dispusimos
    aunque ellos eran bastantes;
    la formamos al istante
    nuestra gente, que era poca;
    y golpiándose en la boca
    hicieron fila adelante.

    Se vinieron en tropel
    haciendo temblar la tierra.
    No soy manco pa la guerra
    pero tuve mi jabón,
    pues iba en un redomón
    que había boliao en la sierra.

    ¡Qué vocerío, qué barullo,
    qué apurar esa carrera!
    La indiada todita entera
    dando alaridos cargó.
    ¡Jue pucha!... y ya nos sacó
    como yeguada matrera.

    ¡Qué fletes traiban los bárbaros,
    como una luz de ligeros!
    Hicieron el entrevero
    y en aquella mezcolanza,
    éste quiero, éste no quiero,
    nos escogían con la lanza.

    Al que le daban un chuzaso
    dificultoso es que sane:
    en fin, para no echar panes
    salimos por esas lomas
    lo mesmo que las palomas
    al juir de los gavilanes.

    Es de almirar la destreza
    con que la lanza manejan.
    De perseguir nunca dejan,
    y nos traiban apretaos.
    ¡Si queríamos, de apuraos,
    salirnos por las orejas!

    Y pa mejor de la fiesta
    en esta aflición tan suma,
    vino un indio echando espuma,
    y con la lanza en la mano
    gritando: "Acabau, cristiano,
    metau el lanza hasta el pluma."

    Tendido en el costillar,
    cimbrando por sobre el brazo
    una lanza como un lazo,
    me atropelló dando gritos:
    si me descuido... el maldito
    me levanta de un lanzaso.

    Si me atribulo o me encojo,
    siguro que no me escapo;
    siempre he sido medio guapo
    pero en aquella ocasión
    me hacía buya el corazón
    como la garganta al sapo.

    Dios le perdone al salvaje
    las ganas que me tenía...
    Desaté las tres marías
    y lo engatusé a cabriolas.
    ¡Pucha...! si no traigo bolas
    me achura el indio ese día.

    Era el hijo de un cacique
    sigún yo lo averigüé;
    la verdá del caso, jue
    que me tuvo apuradazo,
    hasta que, al fin, de un bolazo
    del caballo lo bajé.

    Ahi no más me tiré al suelo
    y lo pisé en las paletas;
    empezó a hacer morisquetas
    . y a mezquinar la garganta...
    pero yo hice la obra santa
    de hacerlo estirar la jeta.

    Allí quedó de mojón
    y en su caballo salté;
    de la indiada disparé,
    pues si me alcanza me mata,
    y, al fin, me les escapé
    con el hilo en una pata.













    IV

    Seguiré esta relación
    aunque pa chorizo es largo:
    el que pueda hágasé cargo
    cómo andaría de matrero,
    después de salvar el cuero
    de aquel trance tan amargo.

    Del sueldo nada les cuento,
    porque andaba disparando;
    nosotros, de cuando en cuando,
    solíamos ladrar de pobres:
    nunca llegaban los cobres
    que se estaban aguardando.

    Y andábamos de mugrientos
    que el mirarnos daba horror;
    les juro que era un dolor
    ver esos hombres,¡por Cristo!
    En mi perra vida he visto
    una miseria mayor.

    Yo no tenía ni camisa
    ni cosa que se parezca;
    mis trapos sólo pa yesca
    me podían servir al fin...
    No hay plaga como un fortín
    para que el hombre padezca.

    Poncho, jergas, el apero,
    las prenditas, los botones,
    todo, amigo, en los cantones
    jue quedando poco a poco;
    ya nos tenían medio loco
    la pobreza y los ratones.

    Sólo una manta peluda
    era cuanto me quedaba;
    la había agenciao a la taba
    y ella me tapaba el bulto;
    yaguané que allí ganaba
    no salía... ni con indulto.

    Y pa mejor hasta el moro
    se me jue de entre las manos;
    no soy lerdo... pero, hermano,
    vino el comendante un día
    diciendo que lo quería
    "pa enseñarle a comer grano".

    Afigúresé cualquiera
    la suerte de este su amigo,
    a pie y mostrando el umbligo,
    estropiao, pobre y desnudo.
    Ni por castigo se pudo
    hacerse más mal conmigo.

    Ansí pasaron los meses,
    y vino el año siguiente,
    y las cosas igualmente
    siguieron del mesmo modo:
    adrede parece todo
    para aburrir a la gente.

    No teníamos más permiso,
    ni otro alivio la gauchada,
    que salir de madrugada,
    cuando no había indio ninguno,
    campo ajuera, a hacer boliadas,
    desocando los reyunos.

    Y cáibamos al cantón
    con los fletes aplastaos,
    pero a veces medio aviaos
    con plumas y algunos cueros
    que áhi no más con el pulpero
    los teníamos negociaos.

    Era un amigo del jefe
    que con un boliche estaba;
    yerba y tabaco nos daba
    por la pluma de avestruz,
    y hasta le hacía ver la luz
    al que un cuero le llevaba.

    Sólo tenía cuatro frascos
    y unas barricas vacías,
    y a la gente le vendía
    todo cuanto precisaba:
    a veces creiba que estaba
    allí la proveduría.

    ¡Ah pulpero habilidoso!
    Nada le solía faltar
    ¡ahijuna! y para tragar
    tenía un buche de ñandú.
    La gente le dio en llamar
    "el boliche de virtú".

    Aunque es justo que quien vende
    algún poquitito muerda,
    tiraba tanto la cuerda
    que con sus cuatro limetas
    él cargaba las carretas
    de plumas, cueros y cerda.

    Nos tenía apuntaos a todos
    con más cuentas que un rosario,
    cuando se anunció un salario
    que iban a dar, o un socorro;
    pero sabe Dios qué zorro
    se lo comió al comisario.

    Pues nunca lo vi llegar
    y, al cabo de muchos días,
    en la mesma pulpería
    dieron una buena cuenta,
    que la gente muy contenta
    de tan pobre recebía.

    Sacaron unos sus prendas
    que las tenían empeñadas,
    por sus deudas atrasadas
    dieron otros el dinero;
    al fin de fiesta el pulpero
    se quedó con la mascada.

    Yo me arrescosté a un horcón
    dando tiempo a que pagaran,
    y poniendo güena cara
    estuve haciéndomé el poyo,
    a esperar que me llamaran
    para recebir mi boyo.

    Pero áhi me pude quedar
    pegao pa siempre al horcón;
    ya era casi la oración
    y ninguno me llamaba;
    la cosa se me ñublaba
    y me dentró comezón.

    Pa sacarme el entripao
    vi al Mayor, y lo fí a hablar.
    Yo me lo empecé a atracar
    y, como con poca gana,
    le dije: "Tal vez mañana
    acabarán de pagar."

    "-Qué mañana ni otro día",
    al punto me contestó,
    "la paga ya se acabó,
    siempre has de ser animal."
    Me rái y le dije: "Yo...
    no he recebido ni un rial".

    Se le pusieron los ojos
    que se le querían salir,
    y áhi no más volvió a decir
    comiéndomé con la vista:
    "¿Y qué querés recebir
    si no has dentrao en la lista?"

    "-Esto sí que es amolar",
    dije yo pa mis adentros,
    "van dos años que me encuentro
    y hasta áura he visto ni un grullo;
    dentro en todos los barullos
    pero en las listas no dentro".

    Vide el pleito mal parao
    y no quise aguardar más...
    Es güeno vivir en paz
    con quien nos ha de mandar,
    y reculando pa atrás
    me le empecé a retirar.

    Supo todo el Comendante
    y me llamó al otro día,
    diciéndomé que quería
    aviriguar bien las cosas...
    que no era el tiempo de Rosas,
    que áura a naides se debía.

    Llamó al cabo y al sargento
    y empezó la indagación:
    si había venido al cantón
    en tal tiempo o en tal otro...
    Y si había venido en potro,
    en reyuno o redomón.

    Y todo era alborotar
    al ñudo, y hacer papel:
    conocí que era pastel
    pa engordar con mi guayaca;
    mas si voy al Coronel
    me hacen bramar en la estaca.

    ¡Ah, hijos de una...! ¡La codicia
    ojalá les ruempa el saco!
    Ni un pedazo de tabaco
    le dan al pobre soldao,
    y lo tienen, de delgao,
    más ligero que un guanaco.

    Pero qué iba a hacerles yo,
    charabón en el desierto;
    más bien me daba por muerto
    pa no verme más fundido
    y me les hacía el dormido
    aunque soy medio dispierto.













    V

    Yo andaba desesperao
    aguardando una ocasión
    que los indios un malón
    nos dieran, y entre el estrago
    hacérmelés cimarrón
    y volverme pa mi pago.

    Aquello no era servicio
    ni defender la frontera:
    aquello era ratonera
    en que es más gato el más juerte:
    era jugar a la suerte
    con una taba culera.

    Allí tuito va al revés:
    los milicos se hacen piones,
    y andan por las poblaciones
    emprestaos pa trabajar;
    los rejuntan pa peliar
    cuando entran indios ladrones.

    Yo he visto en esa milonga
    muchos jefes con estancia,
    y piones en abundancia,
    y majadas y rodeos;
    he visto negocios feos
    a pesar de mi inorancia.

    Y colijo que no quieren
    la barunda componer:
    para esto no ha de tener
    el jefe, aunque esté de estable,
    más que su poncho y su sable,
    su caballo y su deber.

    Ansina, pues, conociendo
    que aquel mal no tiene cura,
    que tal vez mi sepultura
    si me quedo iba a encontrar,
    pensé en mandarme mudar
    como cosa más sigura.

    Y pa mejor, una noche
    ¡qué estaquiada me pegaron!
    Casi me descoyuntaron
    por motivo de una gresca.
    ¡Ahijuna, si me estiraron
    lo mesmo que guasca fresca!

    Jamás me puedo olvidar
    lo que esa vez me pasó:
    dentrando una noche yo
    al fortín, un enganchao,
    que estaba medio mamao,
    allí me desconoció.

    Era un gringo tan bozal,
    que nada se le entendía.
    ¡Quién sabe de ande sería!
    Tal vez no juera cristiano,
    pues lo único que decía
    es que era pa-po-litano .

    Estaba de centinela
    y, por causa del peludo,
    verme más claro no pudo
    y esa jue la culpa toda.
    El bruto se asustó al ñudo
    y fi el pavo de la boda.

    Cuanto me vido acercar:
    "¿Quén vívore?" -preguntó:
    "Qué víboras" -dije yo.
    "¡Ha garto!" -me pegó el grito.
    Y yo dije despacito:
    "Más lagarto serás vos."

    Ahi no más ¡Cristo me valga!
    rastrillar el jusil siento;
    me agaché, y en el momento
    el bruto me largó un chumbo;
    mamao, me tiró sin rumbo,
    que si no, no cuento el cuento.

    Por de contao, con el tiro
    se alborotó el avispero;
    los oficiales salieron
    y se empezó la junción:
    quedó en su puesto el nación
    y yo fi al estaquiadero.

    Entre cuatro bayonetas
    me tendieron en el suelo.
    Vino el mayor medio en pedo
    y allí se puso a gritar:
    "Pícaro, te he de enseñar
    a andar declamando sueldos."

    De las manos y las patas
    me ataron cuatro cinchones.
    Les aguanté los tirones
    sin que ni un ¡ay! se me oyera
    y al gringo la noche entera
    lo harté con mis maldiciones.

    Yo no sé por qué el gobierno
    nos manda aquí a la frontera
    gringada que ni siquiera
    se sabe atracar a un pingo.
    ¡Si creerá al mandar un gringo
    que nos manda alguna fiera!

    No hacen más que dar trabajo,
    pues no saben ni ensillar;
    no sirven ni pa carniar,
    y yo he visto muchas veces
    que ni voltiadas las reses
    se les querían arrimar.

    Y lo pasan sus mercedes
    lengüetiando pico a pico
    hasta que viene un milico
    a servirles al asao...
    Y eso sí, en lo delicaos
    parecen hijos de rico.

    Si hay calor, ya no son gente,
    si yela, todos tiritan;
    si usté no les da, no pitan
    por no gastar en tabaco,
    y cuando pescan un naco
    uno al otro se lo quitan.

    Cuando llueve se acoquinan
    como el perro que oye truenos.
    ¡Qué diablos! sólo son güenos
    pa vivir entre maricas,
    y nunca se andan con chicas
    para alzar ponchos ajenos.

    Pa vichar son como ciegos,
    ni hay ejemplo de que entiendan;
    no hay uno solo que aprienda,
    al ver un bulto que cruza,
    a saber si es avestruza,
    o si es jinete, o hacienda.

    Si salen a perseguir
    después de mucho aparato,
    tuitos se pelan al rato
    y va quedando el tendal:
    esto es como en un nidal
    echarle güevos a un gato.













    VI

    Vamos dentrando recién
    a la parte más sentida,
    aunque es todita mi vida
    de males una cadena:
    a cada alma dolorida
    le gusta cantar sus penas.

    Se empezó en aquel entonces
    a rejuntar caballada
    y riunir la milicada
    teniéndolá en el cantón,
    para una despedición
    a sorprender a la indiada.

    Nos anunciaban que iríamos
    sin carretas ni bagajes
    a golpiar a los salvajes
    en sus mesmas tolderías;
    que a la güelta pagarían
    licenciándoló al gauchaje.

    Que en esta despedición
    tuviéramos la esperanza,
    que iba a venir sin tardanza,
    según el jefe contó,
    un menistro o qué se yo...
    que le llamaban Don Ganza.

    Que iba a riunir el ejército
    y tuitos los batallones
    y que traiba unos cañones
    con más rayas que un cotín.
    ¡Pucha!... las conversaciones
    por allá no tenían fín.

    Pero esas trampas no enriedan
    a los zorros de mi laya;
    que el menistro venga o vaya,
    poco le importa a un matrero.
    Yo también dejé las rayas...
    en los libros del pulpero.

    Nunca jui gaucho dormido,
    siempre pronto, siempre listo,
    que soy un hombre, ¡qué Cristo!,
    que nada me ha acobardao,
    y siempre salí parao
    en los trances que me he visto.

    Dende chiquito gané
    la vida con mi trabajo,
    y aunque siempre estuve abajo
    y no sé lo que es subir,
    también el mucho sufrir
    suele cansarnos ¡barajo!

    En medio de mi inorancia
    conozco que nada valgo:
    soy la liebre o soy el galgo
    asigún los tiempos andan;
    pero también los que mandan
    debieran cuidarnos algo.

    Una noche que riunidos
    estaban en la carpeta
    empinando una limeta
    el jefe y el juez de paz,
    yo no quise aguardar más
    y me hice humo en un sotreta.

    Para mí el campo son flores
    dende que libre me veo;
    donde me lleva el deseo
    allí mis pasos dirijo
    y hasta en las sombras, de fijo
    que a donde quiera rumbeo.

    Entro y salgo del peligro
    sin que me espante el estrago;
    no aflojo al primer amago
    ni jamás fi gaucho lerdo:
    soy pa rumbiar como el cerdo
    y pronto cái a mi pago.

    Volvía al cabo de tres años
    de tanto sufrir al ñudo,
    resertor, pobre y desnudo,
    a procurar suerte nueva,
    y lo mesmo que el peludo
    enderecé pa mi cueva.

    No hallé ni rastro del rancho;
    ¡sólo estaba la tapera!
    ¡Por Cristo, si aquello era
    pa enlutar el corazón:
    yo juré en esa ocasión
    ser más malo que una fiera!

    ¡Quién no sentirá lo mesmo
    cuando ansí padece tanto!
    Puedo asigurar que el llanto
    como una mujer largué.
    ¡Ay mi Dios, si me quedé
    más triste que Jueves Santo!

    Sólo se oiban los aullidos
    de un gato que se salvó;
    el pobre se guareció
    cerca, en una vizcachera.
    Venía como si supiera
    que estaba de güelta yo.

    Al dirme dejé la hacienda
    que era todito mi haber;
    pronto debíamos volver,
    según el Juez prometía,
    y hasta entonces cuidaría
    de los bienes la mujer.
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

    Después me contó un vecino
    que el campo se lo pidieron,
    la hacienda se la vendieron
    pa pagar arrendamientos,
    y qué sé yo cuántos cuentos;
    pero todo lo fundieron.

    Los pobrecitos muchachos
    entre tantas afliciones,
    se conchabaron de piones;
    ¡mas qué iban a trabajar,
    si eran como los pichones
    sin acabar de emplumar!

    Por áhi andarán sufriendo
    de nuestra suerte el rigor:
    me han contao que el mayor
    nunca dejaba a su hermano;
    puede ser que algún cristiano
    los recoja por favor.

    ¡Y la pobre mi mujer
    Dios sabe cuánto sufrió!
    Me dicen que se voló
    con no sé qué gavilán,
    sin duda a buscar el pan
    que no podía darle yo.

    No es raro que a uno le falte
    lo que a algún otro le sobre;
    si no le quedó ni un cobre
    sino de hijos un enjambre
    ¿qué más iba a hacer la pobre
    para no morirse de hambre?

    Tal vez no te vuelva a ver,
    prenda de mi corazón:
    Dios te dé su proteción
    ya que no me la dio a mí,
    y a mis hijos dende aquí
    les echo mi bendición.

    Como hijitos de la cuna
    andarán por áhi sin madre.
    Ya se quedaron sin padre,
    y ansí la suerte los deja,
    sin naides que los proteja
    y sin perro que los ladre.

    Los pobrecitos tal vez
    no tengan ande abrigarse,
    ni ramada ande ganarse,
    ni rincón ande meterse,
    ni camisa que ponerse,
    ni poncho con que taparse.

    Tal vez los verán sufrir
    sin tenerles compasión;
    puede que alguna ocasión
    aunque los vean tiritando
    los echen de algún jogón
    pa que no estén estorbando.

    Y al verse ansina espantaos
    como se espanta a los perros,
    irán los hijos de Fierro
    con la cola entre las piernas,
    a buscar almas más tiernas
    o esconderse en algún cerro.

    Mas también en este juego
    voy a pedir mi bolada;
    a naides le debo nada
    ni pido cuartel ni doy,
    y ninguno dende hoy
    ha de llevarme en la armada.

    Yo he sido manso primero
    y seré gaucho matrero
    en mi triste circunstancia,
    aunque es mi mal tan projundo;
    nací y me he criado en estancia,
    pero ya conozco el mundo.

    Ya les conozco sus mañas,
    le conozco sus cucañas,
    sé cómo hacen la partida,
    la enriedan y la manejan:
    deshaceré la madeja
    aunque me cueste la vida.

    Y aguante el que no se anime
    a meterse en tanto engorro
    o si no aprétesé el gorro
    o para otra tierra emigre;
    pero yo ando como el tigre
    que le roban los cachorros.

    Aunque muchos creen que el gaucho
    tiene un alma de reyuno,
    no se encontrará ninguno
    que no le dueblen las penas;
    mas no debe aflojar uno
    mientras hay sangre en las venas.













    VII

    De carta de más me vía
    sin saber adónde dirme:
    mas dijeron que era vago
    y entraron a perseguirme.

    Nunca se achican los males,
    van poco a poco creciendo,
    y ansina me vide pronto
    obligao a andar juyendo.

    No tenía mujer ni rancho,
    y a más, era resertor,
    no tenía una prenda güena
    ni un peso en el tirador.

    A mis hijos infelices
    pensé volverlos a hallar
    y andaba de un lao al otro
    sin tener ni qué pitar.

    Supe una vez por desgracia
    que había un baile por allí,
    y medio desesperao
    a ver la milonga fui.

    Riunidos al pericón
    tantos amigos hallé,
    que alegre de verme entre ellos
    esa noche me apedé.

    Como nunca, en la ocasión
    por peliar me dio la tranca,
    y la emprendí con un negro
    que trujo una negra en ancas.

    Al ver llegar la morena,
    que no hacía caso de naides
    le dije con la mamúa:
    "Va... ca... yendo gente al baile".

    La negra entendió la cosa
    y no tardó en contestarme,
    mirándome como a un perro:
    "más vaca será su madre".

    Y dentró al baile muy tiesa
    con más cola que una zorra,
    haciendo blanquiar los dientes
    lo mesmo que mazamorra.

    "Negra linda"... dije yo,
    "me gusta... pa la carona";
    y me puse a talariar
    esta coplita fregona:

    "A los blancos hizo Dios,
    a los mulatos San Pedro,
    a los negros hizo el diablo
    para tizón del infierno."

    Había estao juntando rabia
    el moreno dende ajuera;
    en lo oscuro le brillaban
    los ojos como linterna.

    Lo conocí retobao,
    me acerqué y le dije presto:
    "Por... rudo que un hombre sea
    nunca se enoja por esto."

    Corcovió el de los tamangos
    y creyéndosé muy fijo:
    "Más porrudo serás vos,
    gaucho rotoso", me dijo.

    Y ya se me vino al humo
    como a buscarme la hebra,
    y un golpe le acomodé
    con el porrón de ginebra.

    Ahi nomás pegó el de hollín
    más gruñidos que un chanchito,
    y pelando el envenao
    me atropelló dando gritos.

    Pegué un brinco y abrí cancha
    diciéndolés: -"Caballeros,
    dejen venir ese toro;
    solo nací... solo muero."

    El negro después del golpe
    se había el poncho refalao
    y dijo: -"Vas a saber
    si es solo o acompañao."

    Y mientras se arremangó
    yo me saqué las espuelas,
    pues malicié que aquel tío
    no era de arriar con las riendas.

    No hay cosa como el peligro
    pa refrescar a un mamao;
    hasta la vista se aclara
    por mucho que haiga chupao.

    El negro me atropelló
    como a quererme comer;
    me hizo dos tiros seguidos
    y los dos le abarajé.

    Yo tenía un facón con S,
    que era de lima de acero;
    le hice un tiro, lo quitó
    y vino ciego el moreno.

    Y en el medio de las aspas
    un planazo le asenté
    que lo largué culebriando
    lo mesmo que buscapié.

    Le coloriaron las motas
    con la sangre de la herida,
    y volvió a venir furioso
    como una tigra parida.

    Y ya me hizo relumbrar
    por los ojos el cuchillo,
    alcanzando con la punta
    a cortarme en un carrillo.

    Me hirvió la sangre en las venas
    y me le afirmé al moreno,
    dándolé de punta y hacha
    pa dejar un diablo menos.

    Por fin en una topada
    en el cuchillo lo alcé
    y como un saco de güesos
    contra un cerco lo largué.

    Tiró unas cuantas patadas
    y ya cantó pal carnero.
    Nunca me puedo olvidar
    de la agonía de aquel negro.

    En esto la negra vino,
    con los ojos como ají,
    y empezó la pobre allí
    a bramar como una loba.
    Yo quise darle una soba
    a ver si la hacía callar;
    mas pude reflesionar
    que era malo en aquel punto,
    y por respeto al dijunto
    no la quise castigar.

    Limpié el facón en los pastos,
    desaté mi redomón,
    monté despacio y salí
    al tranco pa el cañadón.

    Después supe que al finao
    ni siquiera lo velaron
    y retobao en un cuero
    sin rezarle lo enterraron.

    Y dicen que dende entonces
    cuando es la noche serena
    suele verse una luz mala
    como de alma que anda en pena.

    Yo tengo intención a veces,
    para que no pene tanto,
    de sacar de allí los güesos
    y echarlos al camposanto.













    VIII

    Otra vez en un boliche
    estaba haciendo la tarde;
    cayó un gaucho que hacía alarde
    de guapo y peliador.

    A la llegada metió
    el pingo hasta la ramada,
    y yo sin decirle nada
    me quedé en el mostrador.

    Era un terne de aquel pago
    que naides lo reprendía,
    que sus enriedos tenía
    con el señor comendante.

    Y como era protegido,
    andaba muy entonao
    y a cualquier desgraciao
    lo llevaba por delante.

    ¡Ah pobre, si él mismo creiba
    que la vida le sobraba!
    Ninguno diría que andaba
    aguaitándoló la muerte.

    Pero ansí pasa en el mundo,
    es ansí la triste vida:
    pa todos está escondida
    la güena o la mala suerte.

    Se tiró al suelo; al dentrar
    le dio un empellón a un vasco
    y me alargó un medio frasco
    diciendo: "Beba cuñao."
    "Por su hermana", contesté,
    "que por la mía no hay cuidao".

    "¡Ah, gaucho!", me respondió.
    "¿De qué pago será criollo?
    Lo andará buscando el hoyo,
    deberá tener güen cuero;
    pero ande bala este toro
    no bala ningún ternero."

    Y ya salimos trenzaos,
    porque el hombre no era lerdo;
    mas como el tino no pierdo
    y soy medio ligerón,
    le dejé mostrando el sebo
    de un revés con el facón.

    Y como con la justicia
    no andaba bien por allí,
    cuanto pataliar lo vi
    y el pulpero pegó el grito,
    ya pa el palenque salí
    como haciéndomé chiquito.

    Monté y me encomendé a Dios,
    rumbiando para otro pago;
    que el gaucho que llaman vago
    no puede tener querencia,
    y ansí de estrago en estrago
    vive llorando la ausencia.

    El anda siempre juyendo,
    siempre pobre y perseguido;
    no tiene cueva ni nido,
    como si juera maldito;
    porque el ser gaucho... ¡barajo!
    el ser gaucho es un delito.

    Es como el patrio de posta;
    lo larga éste, aquél lo toma,
    nunca se acaba la broma;
    dende chico se parece
    al arbolito que crece
    desamparao en la loma.

    Le echan la agua del bautismo
    aquel que nació en la selva,
    "buscá madre que te envuelva",
    se dice el fraire y lo larga,
    y dentra a cruzar el mundo
    como burro con la carga.

    Y se cría viviendo al viento
    como oveja sin trasquila
    mientras su padre en las filas
    anda sirviendo al gobierno;
    aunque tirite en invierno,
    naides lo ampara ni asila.

    Le llaman "gaucho mamao"
    si lo pillan divertido,
    y que es mal entretenido
    si en un baile lo sorprienden;
    hace mal si se defiende
    y si no, se ve... fundido.

    No tiene hijos ni mujer,
    ni amigos, ni protetores,
    pues todos son sus señores
    sin que ninguno lo ampare:
    tiene la suerte del güey
    ¿y dónde irá el güey que no are?

    Su casa es el pajonal,
    su guarida es el desierto;
    y si de hambre medio muerto
    le echa el lazo a algun mamón,
    lo persiguen como a pleito,
    porque es un "gaucho ladrón".

    Y si de un golpe por áhi
    lo dan güelta panza arriba,
    no hay un alma compasiva
    que le rece una oración:
    tal vez como cimarrón
    en una cueva lo tiran.

    El nada gana en la paz
    y es el primero en la guerra;
    no le perdonan si yerra,
    que no saben perdonar,
    porque el gaucho en esta tierra
    sólo sirve pa votar.

    Para él son los calabozos,
    para él las duras prisiones;
    en su boca no hay razones
    aunque la razón le sobre;
    que son campanas de palo
    las razones de los pobres.

    Si uno aguanta, es gaucho bruto;
    si no aguanta, es gaucho malo.
    ¡Déle azote, déle palo,
    porque es lo que él necesita!
    De todo el que nació gaucho
    ésta es la suerte maldita.

    Vamos, suerte, vamos juntos
    dende que juntos nacimos,
    y ya que juntos vivimos
    sin podernos dividir,
    yo abriré con mi cuchillo
    el camino pa seguir.













    IX

    Matreriando lo pasaba
    y a las casas no venía;
    solía arrimarme de día,
    mas, lo mesmo que el carancho,
    siempre estaba sobre el rancho
    espiando a la polecía.

    Viva el gaucho que ande mal,
    como zorro perseguido,
    hasta que al menor descuido
    se lo atarasquen los perros,
    pues nunca le falta un yerro
    al hombre más alvertido.

    Y en esa hora de la tarde
    en que tuito se adormece,
    que el mundo dentrar parece
    a vivir en pura calma,
    con las tristezas de su alma
    al pajonal enderiece.

    Bala el tierno corderito
    al lao de la blanca oveja
    y a la vaca que se aleja
    llama el ternero amarrao;
    pero el gaucho desgraciao
    no tiene a quién dar su queja.

    Ansí es que al venir la noche
    iba a buscar mi guarida,
    pues ande el tigre se anida
    también el hombre lo pasa,
    y no quería que en las casas
    me rodiara la partida.

    Pues aun cuando vengan ellos
    cumpliendo con su deberes,
    yo tengo otros pareceres,
    y en esa conduta vivo:
    que no debe un gaucho altivo
    peliar entre las mujeres.

    Y al campo me iba solito,
    más matrero que el venao,
    como perro abandonao,
    a buscar una tapera,
    o en alguna viscachera
    pasar la noche tirao.

    Sin punto ni rumbo fijo
    en aquella inmensidá,
    entre tanta escuridá
    anda el gaucho como duende;
    allí jamás lo sorpriende
    dormido, la autoridá.

    Su esperanza es el coraje,
    su guardia es la precaución,
    su pingo es la salvación,
    y pasa uno en su desvelo
    sin más amparo que el cielo
    ni otro amigo que el facón.
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

    Ansí me hallaba una noche
    contemplando las estrellas,
    que le parecen más bellas
    cuanto uno es más desgraciao,
    y que Dios las haiga criao
    para consolarse en ellas.

    Les tiene el hombre cariño
    y siempre con alegría
    ve salir las Tres Marías,
    que si llueve, cuanto escampa,
    las estrellas son la guía
    que el gaucho tiene en la pampa.

    Aquí no valen dotores:
    sólo vale la esperiencia;
    aquí verían su inocencia
    esos que todo lo saben,
    porque esto tiene otra llave
    y el gaucho tiene su cencia.

    Es triste en medio del campo
    pasarse noches enteras
    contemplando en sus carreras
    las estrellas que Dios cría,
    sin tener más compañía
    que su soledá y las fieras.

    Me encontraba, como digo,
    en aquella soledá,
    entre tanta escuridá,
    echando al viento mis quejas,
    cuando el grito del chajá
    me hizo parar las orejas.

    Como lumbriz me pegué
    al suelo para escuchar;
    pronto sentí retumbar
    las pisadas de los fletes,
    y que eran muchos jinetes
    conocí sin vacilar.

    Cuando el hombre está en peligro
    no debe tener confianza;
    ansí, tendido de panza,
    puse toda mi atención
    y ya escuché sin tardanza
    como el ruido de un latón.

    Se venían tan calladitos
    que yo me puse en cuidao;
    tal vez me hubieran bombiao
    y me venían a buscar;
    mas no quise disparar,
    que eso es de gaucho morao.

    Al punto me santigüé
    y eché de giñebra un taco,
    lo mesmito que el mataco
    me arroyé con el porrón:
    "Si han de darme pa tabaco",
    dije, "ésta es güena ocasión".

    Me refalé las espuelas,
    para no peliar con grillos;
    me arremangué el calzoncillo,
    y me ajusté bien la faja,
    y en una mata de paja
    probé el filo del cuchillo.

    Para tenerlo a la mano
    el flete en el pasto até,
    la cincha le acomodé,
    y, en un trance como aquél,
    haciendo espaldas en él
    quietito los aguardé.

    Cuando cerca los sentí,
    y que áhi no más se pararon,
    los pelos se me erizaron
    y aunque nada vían mis ojos,
    , "No se han de morir de antojo",
    les dije, cuando llegaron.

    Yo quise hacerles saber
    que allí se hallaba un varón;
    les conocí la intención
    y solamente por eso
    es que les gané el tirón
    sin aguardar voz de preso.

    "Vos sos un gaucho matrero",
    dijo uno, haciéndosé el güeno.
    "Vos matastes un moreno
    y otro en una pulpería,
    y aquí está la polecía
    que viene a ajustar tus cuentas;
    te va alzar por las cuarenta
    si te resistís hoy día."

    "No me vengan", contesté,
    "con relación de dijuntos:
    esos son otros asuntos;
    vean si me pueden llevar,
    que yo no me he de entregar
    aunque vengan todos juntos."

    Pero no aguardaron más
    y se apiaron en montón;
    como a perro cimarrón
    me rodiaron entre tantos;
    ya me encomendé a los santos
    y eché mano a mi facón.

    Y ya vide el fogonazo
    de un tiro de garabina,
    mas quiso la suerte indina
    de aquel maula, que me errase
    y áhi no más lo levantase
    lo mesmo que una sardina.

    A otro que estaba apurao
    acomodando una bola
    le hice una dentrada sola
    y le hice sentir el fierro,
    y ya salió como el perro
    cuando le pisan la cola.

    Era tanta la aflición
    y la angurria que tenían,
    que tuitos se me venían
    donde yo los esperaba:
    uno al otro se estorbaba
    y con las ganas no vían.

    Dos de ellos que traiban sables
    mas garifos y resueltos,
    en las hilachas envueltos
    enfrente se me pararon,
    y a un tiempo me atropellaron
    lo mesmo que perros sueltos.

    Me fui reculando en falso
    y el poncho adelante eché,
    y en cuanto le puso el pie
    uno medio chapetón,
    de pronto le di un tirón
    y de espaldas lo largué.

    Al verse sin compañero
    el otro se sofrenó;
    entonces le dentré yo,
    sin dejarlo resollar,
    pero ya empezó a aflojar
    y a la pun...ta disparó.

    Uno que en una tacuara
    había atao una tijera,
    se vino como si juera
    palenque de atar terneros,
    pero en dos tiros certeros
    salió aullando campo ajuera.

    Por suerte en aquel momento
    venía coloriando el alba
    y yo dije: "Si me salva
    la Virgen en este apuro,
    en adelante le juro
    ser más güeno que una malva."

    Pegué un brinco y entre todos
    sin miedo me entreveré,
    hecho ovillo me quedé
    y ya me cargó una yunta,
    y por el suelo la punta
    de mi facón les jugué.

    El más engolosinao
    se me apió con un hachazo;
    se lo quité con el brazo,
    de no, me mata los piojos;
    y antes de que diera un paso
    le eché tierra en los dos ojos.

    Y mientras se sacudía
    refregándosé la vista,
    yo me le fui como lista
    y áhi no más me le afirmé
    diciéndolé: "Dios te asista",
    y de un revés lo voltié.

    Pero en ese punto mesmo
    sentí que por las costillas
    un sable me hacía cosquillas
    y la sangre se me heló.
    Dende ese momento yo
    me salí de mis casillas.

    Di para atrás unos pasos
    hasta que pude hacer pie;
    por delante me lo eché
    de punta y tajos a un criollo;
    metió la pata en un hoyo,
    y yo al hoyo lo mandé.

    Tal vez en el corazón
    le tocó un santo bendito
    a un gaucho, que pegó el grito
    y dijo: "¡Cruz no consiente
    que se cometa el delito
    de matar ansí un valiente!".

    Y áhi no más se me aparió,
    dentrándolé a la partida;
    yo les hice otra embestida
    pues entre dos era robo;
    y el Cruz era como lobo
    que defiende su guarida.

    Uno despachó al infierno
    de dos que lo atropellaron,
    los demás remoliniaron,
    pues íbamos a la fija,
    y a poco andar dispararon
    lo mesmo que sabandija.

    Ahi quedaban largo a largo
    los que estiaron la jeta,
    otro iba como maleta
    y Cruz de atrás les decía:
    "Que venga otra polecía
    a llevarlos en carreta."

    Yo junté las osamentas,
    me hinqué y les recé un bendito;
    hice una cruz de un palito
    y pedí a mi Dios clemente
    me perdonara el delito
    de haber muerto tanta gente.

    Dejamos amotonaos
    a los pobres que murieron;
    no sé si los recogieron,
    porque nos fuimos a un rancho,
    o si tal vez los caranchos
    áhi no más se los comieron.

    Lo agarramos mano a mano
    entre los dos al porrón;
    en semejante ocasión
    un trago a cualquiera encanta,
    y Cruz no era remolón
    ni pijotiaba garganta.

    Calentamos los gargueros
    y nos largamos muy tiesos,
    siguiendo siempre los besos
    al pichel, y por más señas,
    íbamos como cigüeñas
    estirando los pescuezos.

    "Yo me voy", le dije, "amigo,
    donde la suerte me lleve,
    y si es que alguno se atreve
    a ponerse en mi camino,
    yo seguiré mi destino,
    que el hombre hace lo que debe.

    "Soy un gaucho desgraciao,
    no tengo donde ampararme,
    ni un palo donde rascarme,
    ni un árbol que me cubije;
    pero ni aun esto me aflige,
    porque yo sé manejarme.

    "Antes de cáir al servicio,
    tenía familia y hacienda,
    cuando volví, ni la prenda
    me la habían dejao ya:
    Dios sabe en lo que vendrá
    a parar esta contienda."













    X
    CRUZ

    Amigazo, pa sufrir
    han nacido los varones;
    éstas son las ocasiones
    de mostrarse un hombre juerte,
    hasta que venga la muerte
    y lo agarre a coscorrones.

    El andar tan despilchao
    ningún mérito me quita.
    Sin ser una alma bendita
    me duelo del mal ajeno:
    soy un pastel con relleno
    que parece torta frita.

    Tampoco me faltan males
    y desgracias, le prevengo;
    también mis desdichas tengo,
    aunque esto poco me aflige:
    yo sé hacerme el chancho rengo
    cuando la cosa lo esige.

    Y con algunos ardiles
    voy viviendo, aunque rotoso;
    a veces me hago el sarnoso
    y no tengo ni un granito,
    pero al chifle voy ganoso
    como panzón al máiz frito.

    A mí no me matan penas
    mientras tenga el cuero sano,
    venga el sol en el verano
    y la escarcha en el invierno.
    Si este mundo es un infierno
    ¿por qué afligirse el cristiano?

    Hagámoslé cara fiera
    a los males, compañero,
    porque el zorro más matrero
    suele cáir como un chorlito:
    viene por un corderito
    y en la estaca deja el cuero.

    Hoy tenemos que sufrir
    males que no tienen nombre,
    pero esto a naides lo asombre
    porque ansina es el pastel,
    y tiene que dar el hombre
    más vueltas que un carretel.

    Yo nunca me he de entregar
    a los brazos de la muerte;
    arrastro mi triste suerte
    paso a paso y como pueda,
    que donde el débil se queda
    se suele escapar el juerte.

    Y ricuerde cada cual
    lo que cada cual sufrió,
    que lo que es, amigo, yo,
    hago ansí la cuenta mía:
    ya lo pasado pasó,
    mañana será otro día.

    Yo también tuve una pilcha
    que me enllenó el corazón,
    y si en aquella ocasión
    alguien me hubiera buscao,
    siguro que me había hallao
    más prendido que un botón.

    En la güella del querer
    no hay animal que se pierda;
    las mujeres no son lerdas
    y todo gaucho es dotor
    si pa cantarle al amor
    tiene que templar las cuerdas.

    ¡Quién es de una alma tan dura
    que no quiera una mujer!
    Lo alivia en su padecer:
    si no sale calavera
    es la mejor compañera
    que el hombre puede tener.

    Si es güena, no lo abandona
    cuando lo ve desgraciao,
    lo asiste con su cuidao
    y con afán cariñoso,
    y usté tal vez ni un rebozo
    ni una pollera le ha dao.

    Grandemente lo pasaba
    con aquella prenda mía
    viviendo con alegría
    como la mosca en la miel.
    ¡Amigo, qué tiempo aquél!
    ¡La pucha que la quería!

    Era la águila que a un árbol
    dende las nubes bajó,
    era mas linda que el alba
    cuando va rayando el sol,
    era la flor deliciosa
    que entre el trebolar creció.

    Pero, amigo, el comendante
    que mandaba la milicia,
    como que no desperdicia
    se fue refalando a casa:
    yo le conocí en la traza
    que el hombre traiba malicia.

    El me daba voz de amigo,
    pero no le tenía fe.
    Era el jefe, y ya se ve,
    no podía competir yo;
    en mi rancho se pegó
    lo mesmo que saguaipé.

    A poco andar conocí
    que ya me había desbancao,
    y él siempre muy entonao
    aunque sin darme ni un cobre,
    me tenía de lao a lao
    como encomienda de pobre.

    A cada rato, de chasque
    me hacía dir a gran distancia;
    ya me mandaba a una estancia,
    ya al pueblo, ya a la frontera;
    pero él en la comendancia
    no ponía los pies siquiera.

    Es triste a no poder más
    el hombre en su padecer,
    si no tiene una mujer
    que lo ampare y lo consuele;
    mas pa que otro se la pele
    lo mejor es no tener.

    No me gusta que otro gallo
    le cacaree a mi gallina.
    Yo andaba ya con la espina,
    hasta que en una ocasión
    lo solprendí en el jogón
    abrazándomé a la china.

    Tenía el viejito una cara
    de ternero mal lamido,
    y al verle tan atrevido
    le dije: "Que le aproveche,
    que había sido pa el amor
    como guacho pa la leche".

    Peló la espalda y se vino
    como a quererme ensartar,
    pero yo sin tutubiar
    le volví al punto a decir:
    "Cuidao no te vas a pér...tigo,
    poné cuarta pa salir."

    Un puntazo me largó
    pero el cuerpo le saqué
    y en cuanto se lo quité,
    para no matar un viejo,
    con cuidao, medio de lejo,
    un planazo le asenté.

    Y como nunca al que manda
    le falta algún adulón,
    uno que en esa ocasión
    se encontraba allí presente
    vino apretando los dientes
    como perrito mamón.

    Me hizo un tiro de revuélver
    que el hombre creyó siguro,
    era confiado y le juro
    que cerquita se arrimaba,
    pero siempre en un apuro
    se desentumen mis tabas.

    El me siguió menudiando
    mas sin poderme acertar,
    y yo, déle culebriar,
    hasta que al fin le dentré
    y áhi no más lo despaché
    sin dejarlo resollar.

    Dentré a campiar en seguida
    al viejito enamorao.
    El pobre se había ganao
    en un noque de lejía.
    ¡Quién sabe cómo estaría
    del susto que había llevao!

    ¡Es zonzo el cristiano macho
    cuando el amor lo domina!
    El la miraba a la indina,
    y una cosa tan jedionda
    sentí yo, que ni en la fonda
    he visto tal jedentina.

    Y le dije: "Pa su agüela
    han de ser esas perdices."
    Yo me tapé las narices,
    y me salí estornudando,
    y el viejo quedó olfatiando
    como chico con lumbrices.

    Cuando la mula recula,
    señal que quiere cociar;
    ansí se suele portar
    aunque ella lo disimula:
    recula como la mula
    la mujer, para olvidar.

    Alcé mis ponchos y mis prendas
    y me largué a padecer
    por culpa de una mujer
    que quiso engañar a dos.
    Al rancho le dije adiós,
    para nunca más volver.

    Las mujeres dende entonces
    conocí a todas en una.
    Ya no he de probar fortuna
    con carta tan conocida:
    mujer y perra parida,
    no se me acerca ninguna.













    XI

    A otros les brotan las coplas
    como agua de manantial;
    pues a mí me pasa igual,
    aunque las mías nada valen:
    de la boca se me salen
    como ovejas del corral.

    Que en puertiando la primera,
    ya la siguen las demás,
    y en montones las de atrás
    contra los palos se estrellan,
    y saltan y se atropellan,
    sin que se corten jamás.

    Y aunque yo por mi inorancia
    con gran trabajo me esplico,
    cuando llego a abrir el pico
    ténganló por cosa cierta:
    sale un verso y en la puerta
    ya asoma el otro el hocico.

    Y empréstemé su atención,
    me oirá relatar las penas
    de que traigo la alma llena,
    porque en toda circustancia
    paga el gaucho su inorancia
    con la sangre de las venas.

    Después de aquella desgracia
    me guarecí en los pajales,
    anduve entre los cardales
    como bicho sin guarida;
    pero, amigo, es esa vida
    como vida de animales.

    Y son tantas las miserias
    en que me he sabido ver,
    que con tanto padecer
    y sufrir tanta aflición
    malicio que he de tener
    un callo en el corazón.

    Ansí andaba como guacho
    cuando pasa el temporal.
    Supe una vez, pa mi mal,
    de una milonga que había,
    y ya pa la pulpería
    enderece mi bagual.

    Era la casa del baile
    un rancho de mala muerte
    y se enllenó de tal suerte
    que andábamos a empujones:
    nunca faltan encontrones
    cuando un pobre se divierte.

    Yo tenía unas medias botas
    con tamaños verdugones;
    me pusieron los talones
    con crestas como los gallos;
    ¡si viera mis afliciones
    pensando yo que eran callos!

    Con gato y con fandanguillo
    había empezado el changango
    y para ver el fandango
    me colé haciéndomé bola;
    mas metió el diablo la cola
    y todo se volvió pango.

    Había sido el guitarrero
    un gaucho duro de boca.
    Yo tengo pacencia poca
    pa aguantar cuando no debo:
    a ninguno me le atrevo
    pero me halla el que me toca.

    A bailar un pericón
    con una moza salí,
    y cuanto me vido allí
    sin duda me conoció
    y estas coplitas cantó
    como por ráirse de mí:

    "Las mujeres son todas
    como las mulas;
    yo no digo que todas,
    pero hay algunas
    que a las aves que vuelan
    les sacan plumas."

    "Hay gauchos que presumen
    de tener damas;
    no digo que presumen,
    pero se alaban,
    y a lo mejor los dejan
    tocando tablas."

    Se secretiaron las hembras
    y yo ya me encocoré;
    volié la anca y le grité:
    "dejá de cantar... chicharra."
    Y de un tajo a la guitarra
    tuitas las cuerdas corté.

    Al grito salió de adentro
    un gringo con un jusil;
    pero nunca he sido vil,
    poco el peligro me espanta:
    ya me refalé la manta
    y la eché sobre el candil.

    Gané en seguida la puerta
    gritando: "Naides me ataje";
    y alborotao el hembraje
    lo que todo quedo escuro,
    empezó a verse en apuro
    mesturao con el gauchaje.

    El primero que salió
    fue el cantor y se me vino,
    pero yo no pierdo el tino
    aunque haiga tomao un trago,
    y hay algunos por mi pago
    que me tienen por ladino.

    No ha de haber achocao otro;
    le salió cara la broma;
    a su amigo cuando toma
    se le despeja el sentido,
    y el pobrecito había sido
    como carne de paloma.

    Para prestar sus socorros
    las mujeres no son lerdas:
    antes que la sangre pierda
    lo arrimaron a unas pipas.
    Ahi lo dejé con las tripas
    como pa que hicieran cuerdas.

    Monté y me largé a los campos
    más libre que el pensamiento,
    como las nubes al viento,
    a vivir sin paradero;
    que no tiene el que es matrero
    nido, ni rancho, ni asiento.

    No hay fuerza contra el destino
    que le ha señalao el cielo
    y aunque no tenga consuelo
    aguante el que está en trabajo:
    ¡naides se rasca pa abajo
    ni se lonjea contra el pelo!

    Con el gaucho desgraciao
    no hay uno que no se entone;
    la menor falta lo espone
    a andar con los avestruces:
    faltan otros con más luces
    y siempre hay quien los perdone.













    XII

    Yo no sé qué tantos meses
    esta vida me duró;
    a veces nos obligó
    la miseria a comer potro:
    me había acompañao con otros
    tan desgraciaos como yo.

    Mas ¿para qué platicar
    sobre esos males, canejos?
    Nace el gaucho y se hace viejo
    sin que mejore su suerte,
    hasta que por áhi la muerte
    sale a cobrarle el pellejo.

    Pero como no hay desgracia
    que no acabe alguna vez,
    me aconteció que después
    de sufrir tanto rigor
    un amigo por favor
    me compuso con el juez.

    Le alvertiré que en mi pago
    ya no va quedando un criollo:
    se los ha tragao el hoyo
    o juido o muerto en la guerra,
    porque, amigo, en esta tierra
    nunca se acaba el embrollo.

    Colijo que jue para eso
    que me llamó el juez un día
    y me dijo que quería
    hacerme a su lao venir,
    pa que dentrase a servir
    de soldao de polecía.

    Y me largó una ploclama
    tratándomé de valiente,
    que yo era un hombre decente,
    y que dende aquel momento
    me nombraba de sargento
    pa que mandara la gente.

    Ansí estuve en la partida
    pero ¡qué había de mandar!
    Anoche al irlo a tomar
    vide güena coyontura
    y a mí no me gusta andar
    con la lata a la cintura.
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

    Ya conoce, pues, quién soy;
    tenga confianza conmigo;
    Cruz le dio mano de amigo
    y no lo ha de abandonar.
    Juntos podemos buscar
    pa los dos un mesmo abrigo.

    Andaremos de matreros
    si es preciso pa salvar;
    nunca nos ha de faltar
    ni un güen pingo para juir,
    ni un pajal ande dormir,
    ni un matambre que ensartar.

    Y cuando sin trapo alguno
    nos haiga el tiempo dejao
    yo le pediré emprestao
    el cuero a cualquiera lobo
    y hago un poncho, si lo sobo,
    mejor que poncho engomao.

    Para mí la cola es pecho
    y el espinazo es cadera;
    hago mi nido ande quiera
    y de lo que encuentre como;
    me echo tierra sobre el lomo
    y me apeo en cualquier tranquera.

    Y dejo rodar la bola
    que algún día se ha'e parar;
    tiene el gaucho que aguantar
    hasta que lo trague el hoyo
    o hasta que venga algún criollo
    en esta tierra a mandar.

    Lo miran al pobre gaucho
    como carne de cogote:
    lo tratan al estricote,
    y si ansí las cosas andan
    porque quieren los que mandan,
    aguantemos los azotes.

    ¡Pucha, si usté los oyera
    como yo en una ocasión
    tuita la conversación
    que con otro tuvo el juez¡
    Le asiguro que esa vez
    se me achicó el corazón.

    Hablaban de hacerse ricos
    con campos en la frontera;
    de sacarla más ajuera
    donde había campos baldidos
    y llevar de los partidos
    gente que la defendiera.

    Todo se güelven proyetos
    de colonias y carriles
    y tirar la plata a miles
    en los gringos enganchaos,
    mientras al pobre soldao
    le pelan la chaucha, ¡ah viles!

    Pero si siguen las cosas
    como van hasta el presente
    puede ser que redepente
    veamos el campo disierto,
    y blanquiando solamente
    los güesos de los que han muerto.

    Hace mucho que sufrimos
    la suerte reculativa:
    trabaja el gaucho y no arriba,
    porque a lo mejor del caso
    lo levantan de un sogazo
    sin dejarle ni saliva.

    De los males que sufrimos
    hablan mucho los puebleros,
    pero hacen como los teros
    para esconder sus niditos:
    en un lao pegan los gritos
    y en otro tienen los güevos.

    Y se hacen los que no aciertan
    a dar con la coyontura;
    mientras al gaucho lo apura
    con rigor la autoridá
    ellos a la enfermedá
    le están errando la cura.













    XIII
    MARTIN FIERRO

    Ya veo que somos los dos
    astillas del mesmo palo:
    yo paso por gaucho malo
    y usté anda del mesmo modo,
    y yo, pa acabarlo todo,
    a los indios me refalo.

    Pido perdón a mi Dios,
    que tantos bienes me hizo;
    que dende que es preciso
    que viva entre los infieles,
    yo seré cruel con los crueles:
    ansí mi suerte lo quiso.

    Dios formó lindas las flores,
    delicadas como son,
    le dio toda perfeción
    y cuanto él era capaz,
    pero al hombre le dio más
    cuando le dio el corazón.

    Le dio claridá a la luz,
    juerza en su carrera al viento,
    le dio vida y movimiento
    dende la águila al gusano,
    pero más le dio al cristiano
    al darle el entendimiento.

    Y aunque a las aves les dio,
    con otras cosas que inoro,
    esos piquitos como oro
    y un plumaje como tabla,
    le dio al hombre más tesoro
    al darle una lengua que habla.

    Y dende que dio a las fieras
    esa juria tan inmensa,
    que no hay poder que las venza
    ni nada que las asombre,
    ¿qué menos le daría al hombre
    que el valor pa su defensa?

    Pero tantos bienes juntos
    al darle, malicio yo
    que en sus adentros pensó
    que el hombre los precisaba,
    que los bienes igualaba
    con las penas que le dio.

    Y yo empujao por las mías
    quiero salir de este infierno;
    ya no soy pichón muy tierno
    y sé manejar la lanza
    y hasta los indios no alcanza
    la facultá del gobierno.

    Yo sé que allá los caciques
    amparan a los cristianos,
    y que los tratan de "hermanos"
    cuando se van por su gusto.
    ¿A qué andar pasando sustos?
    Alcemos el poncho y vamos.

    En la cruzada hay peligros
    pero ni aun esto me aterra;
    yo ruedo sobre la tierra
    arrastrao por mi destino
    y si erramos el camino...
    no es el primero que lo erra.

    Si hemos de salvar o no
    de esto naides nos responde.
    Derecho ande el sol se esconde
    tierra adentro hay que tirar;
    algún día hemos de llegar...
    después sabremos adónde.

    No hemos de perder el rumbo,
    los dos somos güena yunta;
    el que es gaucho ve ande apunta,
    aunque inora ande se encuentra;
    pa el lao en que el sol se dentra
    dueblan los pastos la punta.

    De hambre no pereceremos,
    pues según otros me han dicho
    en los campos se hallan bichos
    de los que uno necesita...
    gamas, matacos, mulitas,
    avestruces y quirquinchos.

    Cuando se anda en el disierto
    se come uno hasta las colas;
    lo han cruzao mujeres solas
    llegando al fin con salú,
    y ha de ser gaucho el ñandú
    que se escape de mis bolas.

    Tampoco a la sé le temo,
    yo la aguanto muy contento,
    busco agua olfatiando al viento,
    y dende que no soy manco
    ande hay duraznillo blanco
    cavo y la saco al momento.

    Allá habrá siguridá
    ya que aquí no la tenemos,
    menos males pasaremos
    y ha de haber grande alegría
    el día que nos descolguemos
    en alguna toldería.

    Fabricaremos un toldo,
    como lo hacen tantos otros,
    con unos cueros de potro,
    que sea sala y sea cocina.
    ¡Tal vez no falte una china
    que se apiade de nosotros!

    Allá no hay que trabajar,
    vive uno como un señor;
    de cuando en cuando un malón,
    y si de él sale con vida
    lo pasa echao panza arriba
    mirando dar güelta el sol.

    Y ya que a juerza de golpes
    la suerte nos dejó aflús,
    puede que allá veamos luz
    y se acaben nuestras penas.
    Todas las tierras son güenas:
    vámosnós, amigo Cruz.

    El que maneja las bolas,
    el que sabe echar un pial,
    o sentarse en un bagual
    sin miedo de que lo baje,
    entre los mesmos salvajes
    no puede pasarlo mal.

    El amor como la guerra
    lo hace el criollo con canciones;
    o más de eso en los malones
    podemos aviarnos de algo;
    en fin, amigo, yo salgo
    de estas pelegrinaciones.
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

    En este punto el cantor
    buscó un porrón pa consuelo,
    echó un trago como un cielo,
    dando fin a su argumento,
    y de un golpe al istrumento
    lo hizo astillas contra el suelo.

    "Ruempo -dijo- la guitarra,
    pa no volverla a templar;
    ninguno la ha de tocar,
    por siguro ténganló;
    pues naides ha de cantar
    cuando este gaucho cantó."

    Y daré fin a mis coplas
    con aire de relación;
    nunca falta un preguntón
    más curioso que mujer,
    y tal vez quiera saber
    cómo fue la conclusión.

    Cruz y Fierro, de una estancia
    una tropilla se arriaron;
    por delante se la echaron
    como criollos entendidos
    y pronto sin ser sentidos,
    por la frontera cruzaron.

    Y cuando la habían pasao,
    una madrugada clara
    le dijo Cruz que mirara
    las últimas poblaciones;
    y a Fierro dos lagrimones
    le rodaron por la cara.

    Y siguendo el fiel del rumbo
    se entraron en el desierto.
    No sé si los habrán muerto
    en alguna correría,
    pero espero que algún día
    sabré de ellos algo cierto.

    Y ya con estas noticias
    mi relacion acabé;
    por ser ciertas las conté,
    todas la desgracias dichas:
    es un telar de desdichas
    cada gaucho que usté ve.

    Pero ponga su esperanza
    en el Dios que lo formó;
    y aquí me despido yo,
    que he relatao a mi modo
    males que conocen todos
    pero que naides contó.




    VOLVER a la Biblioteca electrónica de calle52.com.ar

    Hecho el depósito que marca la ley © Calle52.com.ar
    Se autoriza la reproducción del texto haciendo expresa referenica al autor y a esta edición digital para uso PERSONAL. Se prohibe toda reproducción comercial o promocional, inclusive las gratuitas.


    Atención DIRECTA de los operadores de calle52.com.ar

    Para chatear con el Operador haga clic ACA o en el enlace del cuadro de abajo:

    Para enviar un mensaje al Operador haga clic ACA


    calle52.com.ar es una Marca Registrada
    Calle 10 Nº 979 1/2 PB 1900 - Ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires
    República Argentina - Teléfono 54 (221) 483-4066 calle52@calle52.com.ar